El gordo es gordo porque quiere
- drfernandamdo
- hace 16 horas
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por Dra. Fernanda Montes de Oca
El sistema nos ha hecho creer que todo es responsabilidad individual. ¿No tienes dinero para llegar a fin de mes? No trabajas suficiente. ¿No tienes tiempo para hacer ejercicio? Es que más bien, no te haces tiempo. ¿Tienes sobrepeso? No cierras la boca, con lo fácil que es entender que solo hay que dejar de comer pan. Eres gordo porque quieres.
Pero ¿y si yo te dijera que existen privilegios y que no todos empezamos desde el mismo lugar?
No se trata de avergonzar a quien tiene privilegios, se trata de empatizar con los que no. Y si me llevan más allá, se trata de ver por qué no todos tenemos los mismos privilegios.
Si me permiten una reflexión, ¿por qué discutimos entre nosotros, las personas comunes y corrientes? ¿Por qué no discutimos con la gente en el poder, con el sistema? Con los millonarios que pagan sueldos ridículos, con los explotadores y abusadores, con la gente corrupta que usa nuestros impuestos para comprar casas, con esos sociópatas que se hacenn ricos a expensas del trabajo de otros.
En temas de salud, ¿por qué juzgamos tanto a la persona con obesidad en vez de preguntarnos qué - y quiénes - han generado eso? Las refresqueras que nos bombardean con publicidad sobre productos ultraprocesados, el gobierno de los países que no asegura comida saludable y variada para todos, que diseñan ciudades perfectas para el sedentarismo. Y ni qué decir sobre las jornadas laborales que dejan cero margen para cuidarse.
¿No hay presupuesto o el dinero está en los bolsillos equivocados? En mi opinión, dinero hay, pero está en subsidios mal dirigidos, en sistemas alimentarios que priorizan rentabilidad sobre salud, y en campañas que convierten productos de bajo valor nutricional en normalidad.
En el paper “Lay Beliefs of Privilege: Consequences of the Invisible Knapsack”, publicado por Riana M. Brown, L. Taylor Phillips, Maureen A. Craig, en el Journal of Experimental Psychology, se habla sobre las diferentes definiciones que las personas le damos a la palabra “privilegio”. Este estudio se hace una pregunta: ¿Qué cree la gente “de a pie” que es el privilegio? No lo que dicen los académicos, sino lo que la gente realmente entiende cuando escucha la palabra privilegio.
Y resulta que la gente no comparte una sola definición de privilegio.
Además, en este estudio encontraron que, cuando la gente “normal” piensa en privilegio, casi siempre lo entiende como tener más recursos, más oportunidades, mejor trato, más puertas abiertas. Y en muchos casos, también como algo invisible para quien lo tiene (puedes beneficiarte sin darte cuenta).
Lo importante es que la definición que alguien adopta cambia su reacción.
Si una persona ve el privilegio como estructural y omnipresente (que viene de instituciones y afecta muchas áreas de la vida), tiende a reconocerlo más y a apoyar más políticas de equidad porque le parece “un problema del sistema” que se puede corregir. Si lo ve como invisible, suele aceptar que existe, pero puede quedarse con sensación de “ajá, ¿y ahora qué hago?”. Y si lo interpreta como algo controlable o merecido (“me lo gané”), entonces suele negar o minimizar la idea de privilegio y rechaza el apoyo a cambiar cosas, especialmente cuando se habla de clase social.
Como dicen Linda L. Black y David Stone en su artículo publicado en 2005 en Journal of Multicultural Counseling and Development, irónicamente, las personas con privilegios suelen pensar que todo es mérito, y que las personas que no tienen lo mismo que ellos es porque no se esfuerzan.
Y ni hablar sobre la salud mental.
La salud mental funciona como un privilegio invisible y quienes la tienen relativamente estable rara vez la piensan como tal, la viven como “la normalidad”, no como una ventaja. No suele entenderse como estructural (acceso a tiempo, dinero, redes de apoyo, vivienda segura, ausencia de violencia, posibilidad de descanso, acceso a atención psicológica o psiquiátrica), sino como algo individual y controlable (“échale ganas”, “ve a terapia”, “come mejor”). Y esto hace que no se puedan reconocer las desigualdades y desplaza toda la responsabilidad hacia las personas.
En cambio, cuando se entiende la salud mental como parte del sistema - afectada por condiciones laborales, carga de cuidados, precariedad, discriminación, trauma acumulados - se vuelve evidente que no todos parten del mismo lugar y que no basta con recomendaciones individuales. Hacen falta cambios en el sistema.
El problema es que, la salud mental, al ser un privilegio tan normalizado e invisible, casi nadie lo nombra… y lo que no se nombra, no se protege ni se redistribuye.
Para terminar, se me ocurre hacer una “Auditoría de Privilegios”.
Marca con una X todos los que tengas. Y recuerda, esto no es para hacerte sentir mal o culpable (si marcas poquitas X, no fallaste, y si marcas muchas, tampoco es mérito personal).
Esta “auditoría” es para reconocer nuestros privilegios, dejar de juzgar a las personas que no “le echan ganas” y empezar a voltear a ver no solo al sistema, sino a la gente poderosa que lo sostiene. La pelea no es entre nosotros.
Auditoría de Privilegios
Lo básico que solemos dar por hecho
Tengo acceso diario a agua potable sin preocuparme por su calidad.
Puedo bañarme, cocinar y lavar sin racionar agua o electricidad.
Tengo acceso constante a alimentos suficientes y relativamente variados.
Vivo en una vivienda con condiciones mínimas de seguridad y salubridad.
Salud y cuerpo
Puedo acceder a servicios de salud cuando los necesito y sin barreras graves (dinero, transporte, estatus, idioma).
No vivo con dolor crónico, enfermedad no tratada o discapacidad sin apoyos adecuados.
Mi salud mental me permite funcionar en lo cotidiano la mayor parte del tiempo.
Tiempo, energía y carga mental
Tengo tiempo libre real para descansar o hacer algo que disfruto (piensa en los fines de semana o en tus hobbies).
No cargo de forma desproporcionada con cuidados de otras personas (hijos, enfermos, adultos mayores).
Tengo tiempo para descansar sin miedo a perder ingresos o estabilidad.
Duermo en un espacio relativamente silencioso y seguro.
Mi día no está dominado por la supervivencia inmediata.
Cosas materiales
Mi ingreso cubre mis necesidades básicas sin estrés constante.
Un gasto imprevisto no pone en riesgo mi estabilidad.
Tengo una vivienda segura, estable y relativamente tranquila.
Puedo comprarme algunas cosas solo porque tengo ganas.
Contexto social y simbólico
Mi apariencia, acento, cuerpo o identidad no suelen ser motivo de discriminación.
Me muevo por espacios públicos sin miedo constante.
Mi vida no está atravesada por violencia estructural o cotidiana.
Capital cognitivo y cultural
Pude asistir a una escuela formal de manera relativamente continua.
Aprendí a leer, escribir y razonar críticamente en entornos educativos funcionales.
Tengo acceso a libros, internet o fuentes confiables de información.
Hablo al menos un idioma dominante en el país donde vivo.
Sé cómo navegar sistemas complejos (salud, burocracia, educación) sin perderme.
Tengo una red de apoyo real a la que puedo recurrir si algo se descompone.
Movilidad y mundo
Hablar otros idiomas me ha abierto oportunidades académicas o laborales.
He podido viajar por placer, estudios o trabajo.
Puedo moverme dentro y fuera de mi país sin barreras


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